Regreso a Mar del Plata: ecos de ayer en la orilla de hoy

 

 

 





(Buenos Aires) Araceli Otamendi

Este año decidí pasar unos días en Mar del Plata, en diciembre, para reconectarme con mi historia, visitar lugares donde estuvimos muchas veces con Juan, y también con mis hijos chicos. Era como volver a un álbum de fotos vivo, donde cada esquina guarda una  complicidad, una risa, un sueño o un castillo de arena que el mar se llevó.

Empecé viajando en un micro, de esos largos que te dan tiempo para pensar. Me senté junto a la ventanilla y miré el paisaje del campo de la provincia de Buenos Aires desplegarse como un manto  infinito: verde profundo en esta época, con vacas pastando tranquilas, horizontes que no terminan y rutas que invitan a soñar. Recordé entonces las palabras de la escritora Silvina Ocampo, que dijo que este es el lugar más hermoso del mundo. Y en ese trayecto, con el sol de diciembre calentando el vidrio, después las nubes anticipando una tormenta, le di la razón: hay una paz sencilla y poderosa en esa llanura pampeana que te prepara el alma para el mar.




Después de varias horas, el aire empezó a oler a sal. El micro entró a la ciudad y, de pronto, el Atlántico apareció como un viejo amigo: azul intenso, con olas rompiendo en la costa curvada de "La Feliz". Bajé en la terminal con la valija en mano y el corazón latiendo fuerte. El verano apenas arrancaba, pero ya se sentía el bullicio: familias cargando sombrillas, vendedores de churros y ese viento marino que te despeina y te despierta.



rotonda de Punta Igleisas 


cartel homenaje a Dibu Martínez 


El primer lugar donde estuve fue Punta Iglesias, muy cerca de la playa, ese rincón que guarda recuerdos imborrables de veranos pasados.  Frente a la rotonda, un  gran cartel de homenaje al Dibu Martínez, el arquero de la Selección Argentina, oriundo de la ciudad.

En Punta Iglesias  pasábamos horas enteras con Juan : chapoteando en la pileta grande, construyendo castillos en la arena. Al llegar esta vez, busqué esa pileta con la mirada y… ya no está. En su lugar, muy cerca han hecho una más chica, rodeada de  sillones de madera donde uno se puede tender  a tomar sol y a descansar después del baño. Me quedé parada un rato, sintiendo esa mezcla extraña de nostalgia y cambio: el espacio se achicó, como si el tiempo hubiera encogido también algunos recuerdos.


muelle Club de Pescadores


Yo, que hace años evito tomar sol directo —me pongo filtro solar hasta para salir a la calle—, me limité a caminar por la sombra de los edificios y los árboles, mirando el mar desde lejos. Después me fui caminando despacio hasta el Club de Pescadores, ese muelle viejo que siempre me gustó por su tranquilidad en medio del bullicio veraniego.

Me quedé allí un largo rato, apoyada en la baranda, mirando el mar rugir como siempre. Las olas venían bravas, rompiendo contra las rocas con esa fuerza que no negocia con nadie. Abajo, en la arena, algunas familias empezaban a armar sus carpas, niños corrían con baldes, parejas paseaban de la mano. Más allá, los pescadores esperaban pacientes, caña en mano, conversando en voz baja o en silencio absoluto, como si el mar les hablara directamente a ellos. La tarde, que había arrancado luminosa, se fue nublando poco a poco; el cielo pasó de un azul intenso a un gris plateado, y el viento se hizo más fresco, trayendo ese olor a tormenta lejana que tan bien conocemos en la costa.

Saqué varias fotos desde allí: el horizonte encrespado, los pescadores recortados contra el agua, las olas espumosas chocando contra el muelle. En una de ellas aparece hasta una gaviota posada en un poste, mirándome como si también recordara otros veranos.

Cuando el fresco empezó a calar, volví al hotel caminando sin apuro, dejando que el aire salino me acompañara. Una vez allí, tome un café en el bar del hotel — un bar de esos tranquilos, con mesas de madera y aroma a tostadas— y me senté a tomarlo despacio, mirando por la ventana cómo la ciudad se preparaba para la noche. Era un momento de pausa, para ordenar los recuerdos del día y cargar energías.

Ya entrada la noche, salí otra vez: a caminar por las calles céntricas, mirar vidrieras iluminadas con ropa de verano, regalos y decoraciones que ya insinuaban la Navidad. La peatonal estaba llena de vida —gente paseando, músicos callejeros, el murmullo de conversaciones— y, de pronto, me topé con una casa de alfajores que no pude resistir. El aroma a dulce de leche me atrapó desde la vereda, así que entré sin pensarlo dos veces y pedí una porción de postre Balcarce. Hacía años que no lo comía: ese alfajor enorme, con capas de merengue, dulce de leche abundante, bizcochuelo suave y un toque de azúcar impalpable por encima.

Me lo sirvieron en un platito, con tenedor, y me senté en una mesita para disfrutarlo despacio. Me encantó, tal como lo recordaba: una bomba de dulzor que te hace cerrar los ojos en cada bocado. Claro que no es nada recomendable si una quiere mantener la silueta, pero ¿quién viaja a Mar del Plata para contar calorías? Ese postre fue como un abrazo dulce a los recuerdos de otros veranos.

Después seguí caminando, con el sabor aún en la boca, deteniéndome en más vidrieras. Cuando volví al hotel, ya tarde, la conciencia (o la culpa) me alcanzó: esa noche cené solo una fruta. Había que balancear, aunque sea un poco, todo el dulce que había comido durante el día.

colonia de lobos marinos en Puerto de
Mar del Plata




Al día siguiente, que era domingo, decidí visitar el puerto, ese lugar tan típico que siempre me transporta a los veranos de antes. Tomé un colectivo de línea que va recorriendo la costa, uno de esos que todavía conservan el encanto viejo: boleto en efectivo (ni SUBE ni tarjeta, solo el efectivo), el chofer concentrado, el traqueteo familiar y las ventanillas que se abren a manija. Me recordó tanto a los colectivos de mi infancia en Buenos Aires, esos que tomábamos para ir a todos lados, con el boletero y el ruido de las monedas cayendo.




El viaje por la costanera fue un deleite: el mar a un lado, las playas sucediéndose, el sol de diciembre brillando fuerte. Al bajar en el puerto, el contraste fue notable: era domingo y el lugar estaba quieto, sin la actividad frenética de los días de semana. Los barcos de pesca permanecían amarrados en fila, balanceándose suavemente, sin cajones descargándose ni gritos de pescadores.

Solo algunos turistas paseaban por allí, sacando fotos o simplemente mirando el horizonte. Lo que más llamó mi atención fue la colonia de lobos marinos: una verdadera comunidad instalada en las escolleras, holgazaneando al sol o en la sombra. Algunos gruñían fuerte, imponiendo su orden al resto con ladridos roncos y movimientos de cabeza, como jefes indiscutidos de su territorio. Era un espectáculo fascinante ver esa jerarquía natural, tan cruda y viva.

Ver video: https://www.youtube.com/shorts/YmOpCcdVrwI?si=D1J6tUD_BnBL7gPF

 



Recordé cómo los chicos se fascinaban con ellos, acercándose lo más posible para verlos de cerca, mientras Juan les explicaba que eran "los guardianes del puerto". Saqué fotos de todo: los barcos quietos, la colonia ruidosa, el puerto en su versión dominguera. Allí, emplazada en un rincón protegido, estaba la figura de la Virgen, la protectora de los pescadores, velando como siempre por quienes se hacen a la mar.


lancha con turistas navegando


Más allá, amarrada lista para zarpar, vi una lancha crucero que pasea turistas por el mar, ofreciendo vistas de la costa desde el agua. Alrededor, varios puestos vendían conservas de mariscos, souvenirs con motivos marinos y artesanías locales, mientras algunos bares ya preparaban el almuerzo con aroma a rabas fritas y cazuelas de mar.




Me quedé un rato más, absorbiendo esa atmósfera tranquila, y luego me fui caminando. Al salir del área portuaria, pasé por la sede regional de la Universidad Tecnológica Nacional, la UTN Mar del Plata. Me detuve frente al edificio, mirando su fachada con una sonrisa melancólica: en la regional Buenos Aires estudié sistemas, mi primera profesión, en aquellos años de juventud intensa, antes de que la vida me llevara por los caminos de la literatura y el periodismo cultural. Qué vueltas da la existencia: de los códigos y algoritmos al poder de las palabras.


homenaje a marinos del ARA SAN JUAN




Homenaje a marinos del ARA San Juan


Para volver tomé otro colectivo de línea. Me preparé con la cámara en mano porque sabía que pasaría frente a la Base Naval. Allí estaban, como siempre, los carteles de homenaje a los 44 tripulantes del ARA San Juan, colgados en la reja con fotos, nombres y mensajes que el viento y el tiempo no logran borrar. Alcancé a fotografiarlos desde la ventanilla mientras el colectivo avanzaba despacio.

Al verlos, sentí de nuevo ese nudo en la garganta. Lamenté una vez más el hundimiento y la muerte de los 44, y en especial pensé en Eliana Krawczyk  , la primera mujer submarinista de nuestra Armada y de toda América Latina. Su historia de coraje y vocación siempre me conmueve profundamente. El mar que tanto amamos en Mar del Plata también guarda heridas que no cierran.


calle Güemes

Hubo otras mañanas y otras tardes de paseos tranquilos por la costa y la ciudad. Recorrí la calle Güemes, con sus negocios bonitos, heladerías tentadoras, locales de ropa llena de colores veraniegos y mucha indumentaria deportiva —zapatillas, tablas de surf, todo para el mar—.

Saqué muchas fotos de esas vidrieras elegantes y el movimiento constante.

También caminé por la Avenida Colón, con su subida y bajada característica que lleva a la costa, y por la peatonal San Martín y la calle Rivadavia, repletas de gente comprando regalos de Navidad bajo las luces y decoraciones festivas.

 

Era diciembre puro: bullicio, ofertas y esa energía de fin de año.


zona playas Varese, Cabo Corrientes

escultura recuerdo de la Expedición Atlantis


Volví varias veces a la zona de Playa Varese y Cabo Corrientes, donde los recuerdos familiares son más fuertes, ya con mis hijos niños.  Allí vi la escultura que recuerda la expedición Atlantis, con esa inscripción tan marplatense: “El hombre sabe, el hombre puede”. Un artesano había armado un puestito improvisado en la arena, vendiendo esculturas y artesanías de madera talladas con paciencia y salitre en las manos.





chalet Ave María: Casa de Mariano Mores

salón de la casa planta baja


Una mañana, algo que me faltaba cumplir: conocer el Chalet Ave María, la casa de Mariano Mores, ese músico y compositor tan recordado. Me dispuse a ir, y tuve la suerte de poder entrar y recorrerlo porque alguien de allí me abrió la puerta. El chalet, de estilo pintoresquista, conserva el piano del maestro en la planta baja, junto a asientos emplazados para los espectáculos de tango que se brindan los viernes y sábados.





afiche de La doctora tango con
Mirta Legrand
y Mariano Mores

retratos y recuerdos

tocadiscos winco y longplay


Subí a la planta alta, donde hay varios dormitorios con fotografías familiares, recuerdos personales, incluso un viejo Winco y un long play del maestro. También un afiche del film La doctora tango con Mirta Legrand y Mariano Mores, muy joven donde actuó.


fotografía de Mariano Mores tocando
el piano


Sin querer, la canción Frente al mar vino a mi memoria: esa música compuesta por Mores, con letra de Rodolfo Taboada, que inmortalizó Susy Leiva y cantaron tantos otros. Recordaba perfectamente la letra, esa melancolía tanguera mirando el horizonte. Saqué fotos de todo, emocionada.




Al salir, me fui directo a la playa cercana. Me senté en un café con vista privilegiada al mar, pedí un café y algo para acompañar, y allí, contemplando el azul profundo, las olas rompiendo y el sol de diciembre, pude escuchar en mi cabeza esa canción una y otra vez.

 

Era uno de esos momentos perfectos, en que no dan ganas de irse nunca.

Mar del Plata sigue siendo eso para mí: un lugar que abraza los recuerdos, que cura con su viento y su mar, y que siempre deja la promesa de un regreso. Volví a casa con la valija más pesada de fotos y emociones, sabiendo que una parte de mí se quedó allí, en la orilla, frente al mar.

 (c) Araceli Otamendi



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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