domingo, 31 de enero de 2021

La catábasis es la anábasis en la poesía de Jorge Teillier (poema XXIII) - Márcia Batista Ramos

Márcia Batista Ramos 


Desde niño el poeta tuvo conciencia de la muerte, no como fin, pero como continuidad de la misma existencia en otras circunstancias, tal vez, más tenues, sin el ropaje del cuerpo. Cuenta que cuando era niño sentía pasos subiendo la escalera que llevaba a la torre de la casa, donde se encerraba a leer, lo que le dio familiaridad con la muerte y la seguridad de que el “yo” o el “tú” siguen existiendo, después de abandonar esa indumentaria que llamamos cuerpo y que nos da la certeza de la vida, en cuanto lo habitamos. Jorge Teillier, apegado a la sencillez fundamental de sus imágenes poéticas, reconoce la importancia por estar vivo, empero, al mismo tiempo, registra el desamparo y desconsuelo por sentirse infecundo a la mitad de la vida. Porque la vida en sí misma, no es totalmente grata, independientemente, de las imágenes idílicas creadas o no, que habitan la geografía de la memoria y del verso: “Lo que importa /es estar vivo /y entrar a la casa /en el desolado mediodía de la vida. (…)” El trabajo cotidiano repetido hace siglos y exigido para seguir vivo en la aldea, espacio geográfico idílico, en el cual lo cotidiano, discrepa con la modernidad imperante, aparece en la poesía de Jorge Teillier, reafirmando la necesidad que cada individuo tiene de arraigo, para existir como tal, en el mundo complejo y deshumanizante, que trata a todos como números en estadísticas sin rostros ni alma. El poeta, sabe que la vida en sus repertorios básicos es cíclica, que siempre existirá un hombre que are el campo, independiente de la tecnología espacial, se repetirán los mismos gestos confirmando que la vida es simple, como simples son las faenas en la aldea y mientras alguien esté para realizarlas, la vida seguirá siendo vida: “(…) /El río pasa recogiendo la calle polvorienta./Los satélites artificiales pueden rodear la tierra, /pero nada saben de ellos los bueyes enyugados a las carretas./Es el mismo de otro siglo el gesto del campesino al descargar un saco de trigo, (…)”. Empero, es menester observar que el espacio geográfico en la poesía de Jorge Teillier cobra una fisionomía humana donde: el polvillo danza, el sol no tiene memoria, los sacos están dormidos y el resplandor de las cosas tiene secretos que los aromos revelan: “(…) /el polvillo de la molienda danza en el sol sin memoria, /escuchamos el trote de los ratones entre los sacos dormidos en la bodega, /y el oculto resplandor de las cosas/tiene un secreto revelado por los aromos.” Sencillamente, porque el poeta no logra concebir el mundo con la clásica división de seres animados e inanimados, vivos y muertos…Ya que, en su universo, idílico, todo palpita, todo vive. De pronto un tren en movimiento silbando, animado como todo su universo, aparece en escena y en acción: “(…) Escucho el pitazo del tren /cortando en dos al pueblo. (…)” Es la segmentación de la aldea en dos, que hace con que el poeta se situé en un segmento (en el presente), y evoca sus recuerdos personales: “(…) El pueblo donde pedí tres deseos al comer las primeras cerezas, /donde me regalaron una lámpara humilde que no he vuelto a hallar, (…)” Asimismo, desde el segmento del presente, evoca sus ancestros, los que construyeron la aldea, porque sabe que no existe una expiración, todos siguen existiendo y la memoria es el medio para canalizar la anábasis o resurrección, que permite traerlos de regreso, independientemente, de dónde se hallan: “(…) el pueblo que tenía unos pocos miles de habitantes cuando nací, /y fue fundado como un Fuerte /para defenderse de los mapuches / (todo eso era nuestro Far West). (…)” Después, de ver su aldea resucitada, el poeta reconoce la simbiosis del tiempo en los elementos que “aún” permanecen vigentes o vivos como hábitos humanos de la aldea que, para él, es un universo que palpita: “(…) El pueblo donde aún humean mantas junto a cocinas a leña y el invierno es la travesía de un tempestuoso océano. (…)” Vuelto a sí mismo, el poeta trata de buscar su memoria personal y otra vez, se depara con la universalidad de la existencia, donde el “yo” se diluye, dando paso a la colectividad: “(…) Si me pidieran recordar /algo más allá de las calles donde di los primeros pasos /no sabría mucho que decir. /Creo que he estado en otros países /he visto día a día en las ciudades vehículos iluminados como trasatlánticos /llevar rostros fatigados de un matadero a otro. (..)” En ese abrir y cerrar entre la vida y la muerte, representado entre el presente y los recuerdos, entre el yo y los antepasados, surgen las cavilaciones del poeta que, a veces, duda que es poeta: “(..) ¿La vida es un pretexto para escribir dos o tres versos /cantantes y luminosos?, escribió un poeta, /pero tal vez yo no sea de verdad un poeta. (…)” En medio a las dudas del poeta resucita el individuo que sabe lo que no quiere, para sí y para su prójimo: “(…) Me amo a mí mismo tanto como a mi prójimo /pero estoy dispuesto a desaparecer junto a todo mi prójimo. /Puedo rezar sin creer en dios, /a las noticias del día /suelo preferir leer memorias de oscuros personajes de otras épocas/o contemplar los gorriones picoteando maravillas. (…)” El poeta, Jorge Teillier, sabe que la vida en sus repertorios básicos es cíclica y otra vez, vuelve a constatarlo en un soliloquio circular: “(…) De nuevo alguien ve derrochar /los yuyos su oro al viento. /Alguien va a temer cada mañana que el sol no regrese, /alguien tal vez aprenderá a leer en diarios que anuncian nuevas guerras, /alguien en la noche /va a tomar un carbón encendido para trazar círculos de fuego /que lo protegen de todo mal. (…)” Sin denotar sorpresa, imbuido de fatalidad el poeta vislumbra el camino que le conducirá a su muerte: “(…) Quedaré solo en un bosque de pinos. //De pronto veré alzarse los muros al canto de los gallos. /Podré pronunciar mi verdadero nombre. /Las puertas del bosque se abrirán, /mi espacio será el mismo que el de las aves inmortales /que entran y salen de él, /y los hermanos desconocidos sabrán que ya pueden reemplazarme. //Debo enfrentar de nuevo al río. (…)” Ante lo inevitable, el poeta no duda, porque desde niño sabe que no se trata del fin y si de otro camino: “(…) /Busco una moneda. /El río ha cambiado de color. /Veo sin temor /la canoa negra esperando en la orilla”. El poeta sabe que la muerte es una parte de la vida, estuvo seguro que la vida vale la pena ser vivida por todas las imágenes que pudo absorber de la realidad o verlas con los ojos cerrados y permanecer en esos sitios idílicos. Asimismo, sabe que morir también vale la pena y no hay miedo de avistar a Caronte, apenas, hay que alistar la moneda para cruzar el río de Hades en una verdadera catábasis (una expedición a los infiernos). Que no será nada más que una simple anábasis que le permitirá seguir en la vida que le corresponderá vivir (como de aquellos que se escuchaban los pasos subiendo las escaleras en su infancia) después de la muerte. 
(c) Márcia Batista Ramos


 Márcia Batista Ramos, nació en Brasil, en el Estado de Rio Grande do Sul en mayo de 1964. Es licenciada en Filosofía por la Universidad Federal de Santa María (UFSM)- RS, Brasil. Radica a más de cuarto siglo en Bolivia, en la ciudad de Oruro. Es gestora cultural, escritora y crítica literaria. Columnista de la Revista Inmediaciones, La Paz, Bolivia y Columnista del Periódico Binacional Exilio, Puebla, México, además. Colaboradora Revista Dominical, Periódico La Patria, Oruro; es colaboradora de varias revistas culturales en diferentes países. Está incluida en el DICCIONARIO CULTURAL BOLIVIANO; Anexo en Diablo- Diablada De Oruro Al Mundo – Antonio Revollo Fernández (2019); Tiene cuentos, ensayos, crónicas, novela publicadas en libros y antologías. Publicaciones en revistas y Blogs: Revista Regatul Cuvantului, Rumania; Faro Cultural Santa Cruz, Santa Cruz, Bolivia; Revista Oxímoron, Sucre, Bolivia; Revista Plaza Catorce, Cochabamba; Revista Culturel, El Salvador; Letras Itinerantes, Colombia; Musuq Nuna, Bolivia; Centro Cultural Francisco Solano, Argentina; Revista Tabaquería, México; Revista poética "Azahar" de España; Revista Paréntesis, México; Piedra y Nido, Argentina; La Literatura del Arte, Paris, Francia; Revista Relieves, Argentina; Revista Brevilla, Chile; Movimiento Poético Riba –Turia, España; Leamos cuentos y crónicas BLOSSPOT. COM, Argentina; Plumas Hispanoamericanas, Santiago de Chile, Chile; Bajootroscielos, Barcelona, España; El Espectador, Bogotá, Colombia; Revista Km0, Argentina; Alpiedelapalabra, Argentina; Bloghemia, Argentina; Nube Cónica, Chile.

viernes, 11 de diciembre de 2020

Algunos tonos de nuestro tiempo- Christina Ramalho

Christina Ramalho


(Río de Janeiro) Christina Ramalho 

  Nuestro mundo, en la visión de Lipovetsky y Serroy (2011), día a día parece dar la espalda al ideal democrático de justicia social. Y por hacer falta un modelo alternativo que sustituya al mercado, injusticias, diferencias extremas y excesos probadores sumergen a los ciudadanos en la desorientación y en el miedo al «siempre menos».

Bajo esta dura realidad, está la propia historia de la humanidad, que se orientó por una postura axiomática, cuyo código organizacional presuponía un conjunto más o menos fijo de valores que sustentaban una estructura social de poder científico, moralizante, masculino y, principalmente, opresor, definiendo «campos» de actuación y de existencia marcadamente orientados por la relación entre dominadores y dominados.

El mantenimiento de ese binomio, sin embargo, costó siempre muchas vidas humanas y definió las acciones bélicas como caminos inevitables para el establecimiento y la permanencia de estructuras jerárquicas y antropocéntricas de poder político, religioso y económico. En el siglo veinte y uno llegamos a un punto máximo de crueldad, dónde condiciones miserables de vida conviven con signos de una opulencia absurda.

Rehenes de su tiempo, como también son los seres humanos que las producen, las artes y la literatura no escaparon a representaciones muchas veces pasivas que han consagrado ese binomio opresor, que llegó, incluso, a fundar héroes cuyo patrón violento de acción iba contra la propia visión de lo humano, incluso en tiempos cristianos, en los que, supuestamente, circulaban palabras de amor al prójimo y de temor a la justicia divina.

De ese modo, personajes emblemáticos como Aquiles, Ulises, Eneas, El Cid, Roland, entre innumerables otros, demarcaron la acción violenta y una experiencia exagerada de la muerte como paradigmas eurocéntricos para la inserción de lo humano en el mundo, generando perfiles heroicos invariablemente relacionados a las tensiones bélicas y a las representaciones de un poder ligado a la fuerza física, a la supremacía de las armas ya la eliminación del otro como única forma de supervivencia del ser, cuando entre ambos se interponía un mismo objeto de deseo, sea este objeto un liderazgo político, un status religioso, un mercado comercial, e incluso una mujer, en la concepción objetual a partir de la cual las mujeres fueron milenariamente consideradas. De ahí la visión de Sócrates Nolasco (2001) al decir que: «Desde los griegos, morir con honor es morir por el gladio, tanto en la esfera política como amorosa» [mi traducción].

Este encaminamiento de la presencia humana en el mundo definió lo que Bourdieu (2002) llama “estructuras de dominación” [mi traducción]. La dominación es producto de un trabajo incesante de reproducción de diversas formas de poder, para el cual contribuyen agentes específicos (entre ellos los hombres, con sus armas como la violencia física y la violencia simbólica) y también las instituciones (2002, p. 46). El escapar de esas estructuras, a su vez, también estableció múltiples zonas de confrontación entre opresores y oprimidos, aunque, como afirma el propio Bourdieu, “Las pasiones del habitus dominado (desde el punto de vista del género, de la etnia, de la cultura o de la lengua), relación social somatizada, ley social convertida en ley incorporada, no son de las que se pueden sustentar con un simple esfuerzo de la voluntad, basado en una toma de conciencia liberadora” [Mi traducción de Bourdieu, 2002, p. 51].

Es decir, la imposición de violentas estructuras de dominación también determinó condiciones psíquicas de aceptación de la sumisión como forma de existir, lo que, por un lado, congela la energía transformadora que, por supuesto, debía encaminar el ser humano a la búsqueda de la felicidad.

En el ámbito literario representativo de la épica griega, por ejemplo, los simbólicos veinte años de resignación de Penélope a una situación de total sumisión a la estructura masculina de poder, presa que estaba a una condición objetual de cuerpo deseado a partir del vínculo simbólico con el poder que su inscripción social como esposa de Ulises le confería, y la supuesta condición de “heroína femenina” perpetuada en la recepción cultural a su imagen son metáforas reveladoras del modo como las “pasiones del habitus dominado” también sirvieron para el mantenimiento de esa estructura antropocéntrica de poder.

A las relaciones de género y étnicas, que orientaban la formación de las identidades culturales, imponiendo patrones violentos (tanto físicos y psicológicos) de dominación a los que poco a poco comenzar a reaccionar las llamadas “minorías”, se asocia una implacable organización económica que resultaría, en el siglo XXI, en un mundo globalizado, cuyas relaciones humanas son mediadas por la fuerza del mercado financiero o, más claramente, por el poder del dinero. Por lo tanto, de las milenarias tensiones bélicas entre esas estructuras jerárquicas, siempre orientadas por incesante búsqueda por el poder antropocéntrico, político, religioso y financiero, resultó una sociedad marcada por la ausencia de lo que, paradójicamente, sería el hilo conductor de la propia Historia: lo humano.

En medio de esta realidad, se desarrolló, además, una espectacular evolución de la tecnología, que promovió la máquina a una condición prácticamente definitiva de mediadora de las relaciones humanas, lo que trajo a los siglos XX y XXI cuestiones como las que levanta Tomás Tadeu da Silva (2000) acerca del término del humano y del comienzo de la máquina.

Bauman, a su vez, perfecciona ese cuadro, analizando, en el universo del Estado moderno, los procesos simbólicos que orientan y sostienen la exclusión e incluso la eliminación social de determinada parcela del (supuestamente) humano. De allí vienen los «sans papiers» y la idea de «unwertes Leben», es decir, la reencarnación del «homo sacer» y del derecho soberano de descartar y excluir a cualquier ser humano que ha excedido los límites de las leyes humanas y divinas, y de transformarlo en un ser a que las leyes no se aplican y cuya destrucción no acarrea castigos, una vez que no hay sentido ético o religioso en su existencia (2002, p. 151).

La violencia del panorama contemporáneo de las prácticas sociales amplía, por lo tanto, la propia tradición bélica, que, por ejemplo, en la literatura, sale, a partir del siglo XIX, del campo macro casi exclusivo de las guerras y enfrentamientos reportados por la

tradición clásica (y sus derivados) para el campo de los homicidios, epidemias, saqueos, recogidos también del espacio micro de lo cotidiano, tal cual se recoge de obras brasileñas como las novelas de Rubem Fonseca y Patricia Melo, sólo para citar dos ejemplos.

Así, la violencia logra ser más fuerte que la resistencia de las minorías, entre las cuales están las mujeres, cuyo espacio de representación en la sociedad se instauró, definitivamente, sólo en el siglo XX. Sin embargo, la eficacia de estos procesos de resistencia y transformación social encontraron un enemigo aún más poderoso: la globalización económica del planeta. Bauman (2002) contempla el nuevo marco traído por el fenómeno de la globalización, principalmente en lo tocante al impedimento de la efectiva implantación de un espacio real de actuación de las hasta entonces consideradas «minorías» e incluso de segmentos minoritarios de expresión ideológica radical. Según el investigador, tendencias neotribales y fundamentalistas; la hibridación de la alta cultura globalizada; y una élite global y los pobres aislados en sus «localidades» son productos legítimos de esta nueva realidad.

Si el cuadro de la violencia bélica, por un lado, se atenuó (o, al menos, se sectorizó) en función de una actuación política más incisiva por parte de los dominados y de un sistema de control global dinámico e invasivo, de otro ganó se ha hecho aún más perversa cuando el foco que orienta la experiencia humano-existencial sale del antropocentrismo hacia el hipercapitalismo y las distinciones entre ricos y pobres; normales y anormales se pierden en un ciberespacio que crea la desterritorialización del poder.

La constatación del paradójico cuadro de convivencia entre polos tan opuestos como el global y el local también puede, obviamente, ser recogida de la observación de obras literarias y artísticas en general. Desde este punto de vista, la crítica literaria tiene hoy un papel muy importante en los sistema de resistencia. Por medio de sus estudios puede abrir espacios y caminos a los cuales muchos artistas y escritores no suelen llegar.

 

Referencias

Bauman, Z. Amor líquido. Sobre a fragilidade dos laços humanos. Rio de Janeiro: Jorge Zahar Editor, 2004.

Globalização. As consequências humanas. Rio de Janeiro: Jorge Zahar Editor, 1999.

Bourdieu, P. A dominação masculina. Río de Janeiro: Bertrand Brasil, 2002.

Lipovetsky, G, J. Serroy. A cultura-mundo. Resposta a uma sociedade desorientada. São Paulo: Companhia das Letras, 2011.

Nolasco, S. De Tarzan a Homer Simpson. Banalização e violência masculina em sociedades contemporâneas ocidentais. Rio de Janeiro: Rocco, 2001.

Ramalho, C. «Marisa Monte e a poética do tribalismo». Caminhos da violência. Em busca da visão compartilhada.

Helena Parente (ed.). Río de Janeiro: UFRJ e Letra Capital, 2015. 89-110.

Silva, T. T. da. Antropologia do ciborgue: As vertigens do pós-humano. Belo Horizonte: Autêntica, 2000.

 

Observación: Ese texto hace parte de la introducción del artículo “Marisa Monte y su poética holística”, publicado en el libro Mujer, memoria e identidad, organizado por Javier Martín Párraga y publicado por el Editorial Comares en 2019.

 (c) Christina Ramalho 

Río de Janeiro

Christina Ramalho (1964) es natural de Rio de Janeiro, Brasil. Doctora en Letras por (UFRJ, 2004), con tesis sobre la poesía épica escrita por mujeres. Profesora-asociada de la Universidade Federal de Sergipe (UFS), Brasil. Autora de más de 30 libros de historia de la literatura, teoría y crítica literarias, además de poesía, cuentos y crónicas. Sus libros de poesía son: Musa Carmesim (poema épico, 1998), Laço e nó (2001), fio de teNsão (2017), Ítalo (poemas y crônicas, 2018), O inusitado amor do Catingueira e da Brucha (cordel. Com Ítalo de Melo Ramalho, 2019), Poemas mínimos (2019), Lição de voar (2019), Poemas de Danda & Chris (poemas para ninõs/as, 2020), Ponteiros de papel (poemas, 2020).  Fotógrafa y pintora, también realizó exposiciones de fotopoesía. Site: www.ramalhochris.com

 Mantiene página dedicada a la divulgación d ela literatura hispánica en las Américas: https://www.ramalhochris.com/el-dorado (EL DORADO).Literatura | Mixturas


 https://www.ramalhochris.com

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viernes, 4 de diciembre de 2020

Las palabras y la fractura en la poesía de Alejandra Pizarnik - Márcia Batista Ramos



Nacer poeta, ser polémica por renovar el lenguaje y la poesía de su época y, sobre todo, ser una persona sensible que vive el dolor interno, que nadie ve, pero que no deja descansar la menNacer te en constante ebullición y sufrimiento, no es sencillo.

 Así era Alejandra, una de las mayores referencias en mi memoria y de miles de poetas de diversas generaciones, que tuvimos sus versos acuñados en nuestras almas; porque ella supo decir lo que sentíamos, antes mismo, que sintiéramos. Porque ella sabía que “Las imágenes solas no emocionan, deben ir referidas a nuestra herida: la vida, la muerte, el amor, el deseo, la angustia”. 

De su pluma goteaba la contemplación, la entrega, la tristeza, la duda, la derrota, el desamor y la muerte. Porque ella tenía (como nosotros tenemos) muchas facetas contradictorias. La gran diferencia entre ella y nosotros, es que ella asumía: el silencio, la muerte, la locura… Nosotros: a veces.

Alejandra reiteró sus emblemas poéticos: la jaula, donde se encierra la libertad culpable sólo por existir y que, no obstante, la sujeta dentro de los límites de la realidad y ahuyenta sus terrores nocturnos, puesto que la noche ya no tiene el sentido agradable y nutricio que hace nacer el poema y, el viento que disemina, una y otra vez, la identidad inquieta. Sumados al miedo que alimenta los delirios que cobran vida, dejándola a la indefensión: “\Señor \la jaula se ha vuelto pájaro \y se ha volado \y mi corazón está loco \porque aúlla a la muerte \y sonríe detrás del viento \a mis delirios \Qué haré con el miedo \Qué haré con el miedo (…)”

Ella logró desnudar la sufriente conciencia de existir, sus obsesiones (y de alguna manera las nuestras) y sus fantasmas a través del estigma de sus versos, oscuros y extenuados. 

Eventualmente, podrá existir poesía más sobrecogedora, revulsiva e hiriente que la de Alejandra Pizarnik. Porque ella era sincera y sencillamente impúdica, a la hora de desnudarse y exhibir sus fantasmas interiores. Además, es sabido que ella eligió vivir en la palabra, o sea, encubrirse en el lenguaje, tal vez, para resguardarse en él:

 “y qué es lo que vas a

hacer 

                        Sólo un nombre

voy a ocultarme en el lenguaje                                                 

                                alejandra

                     alejandra

y por qué                                                                                            

                                debajo estoy

 yo,

tengo miedo                                                                                         

                        Alejandra”

 

Agregado, a su permanente reflexión sobre las fronteras del lenguaje, que jamás fueron engañifas.

Alejandra extremaba la búsqueda de la palabra justa, trataba de generar un mundo de palabras perfectas en donde valga la pena residir. Lo hacía combinando los matices surrealistas de sus escritos, con un trabajo intenso de supresión y síntesis en la expresión verbal. Como resultado su poesía es sobria, economiza términos y gana en contundencia. Y escribe:

“Dile que los suspiros del mar/ humedecen las únicas palabras/ por las que vale vivir”. 

La poeta hizo, a través de su obra, una crítica y muestra de una apasionada obsesión por la palabra, esto es, en su obra siempre está presente una reflexión incesante acerca de las posibilidades y los límites del lenguaje.           

Alejandra Pizarnik en su diario, escribe en septiembre de 1962, refiriéndose a la elocuencia y engañosa obviedad de lo que se dice: "Esta voz aferrada a las consonantes. Este cuidar de que ninguna letra quede sin enunciar. Hablas literalmente. No obstante, se te comprende mal. Es como si la perfecta precisión de tu lenguaje revelara en cada palabra un caos que se vuelve más evidente en la medida en que te esfuerzas por ser comprendida".

En su poesía, la tragedia y el humor también son elementos centrales, así como la visión crítica de la tradición literaria. Ya que Alejandra Pizarnik, vivió en la búsqueda interminable de la palabra exacta, para contar la ausencia y el naufragio. 

No trataba de salvarse: era sincera consigo misma, no se resignaba, ni podía olvidar, así que lo único que le quedaba era escribir con sencillo fatalismo. Y lo hacía:

“No \las palabras \no hacen el amor \hacen la ausencia \si digo agua ¿beberé? \si digo pan ¿comeré? \en esta noche en este mundo \extraordinario silencio el de esta noche \lo que pasa con el alma es que no se ve \lo que pasa con la mente es que no se ve \lo que pasa con el espíritu es que no se ve \ ¿de dónde viene esta conspiración de invisibilidades? \ninguna palabra es visible”.

 Hace parte de la condición humana tener algo que decir, y artista quien resulte capaz de decirlo. Alejandra Pizarnik lo evidenciaba del mejor modo, a través de su poesía, distanciada del contexto inmediato y de referentes concretos, canalizada en ámbitos que muchas veces miraban desde lejos o de reojo al devenir histórico.

Como la palabra sirve para exorcizar, conjurar y reparar, entonces para la poeta, escribir era reparar la herida fundamental que nos horada a todos, escribiendo ella trataba de suturar esa brecha que nos impide coincidir con nosotros mismos para encontrar la plenitud de nuestro ser; transfigurando el dolor en belleza, la palabra en poesía, la poesía en refugio del devenir y la fractura mientras anhelaba el silencio total del sueño eterno. Entonces escribe:

“Mi sueño es un sueño sin alternativas y quiero morir al pie de la letra del lugar común que asegura que morir es soñar”. 

Posiblemente el vagar, transitar y perderse cada vez, resultó en la imperiosa necesidad de buscar el silencio como el lugar de alivio, como el espacio donde protegerse en un sueño permanente. 

(c) Márcia Batista Ramos


Márcia Batista Ramos, nació en Brasil, en el Estado de Rio Grande do Sul en mayo de 1964. Es licenciada en Filosofía por la Universidade Federal de Santa María (UFSM)- RS, Brasil. Radica a más de cuarto siglo en Bolivia, en la ciudad de Oruro. Es gestora cultural, escritora y crítica literaria. Columnista de la Revista Inmediaciones, La Paz, Bolivia y Columnista del Periódico Binacional Exilio, Puebla, México, además. Colaboradora Revista Dominical, Periódico La Patria, Oruro; es colaboradora de varias revistas culturales en diferentes países.

 

Está incluida en el DICCIONARIO CULTURAL BOLIVIANO;

 Anexo en Diablo- Diablada De Oruro Al Mundo – Antonio Revollo Fernández (2019);

 Tiene cuentos, ensayos, crónicas, novela publicadas en libros y antologías.

 Publicaciones en revistas  y Blogs: Revista Regatul Cuvantului, Rumania; Faro Cultural Santa Cruz, Santa Cruz, Bolivia; Revista Oxímoron, Sucre, Bolivia; Revista Plaza Catorce, Cochabamba; Revista Culturel, El Salvador; Letras Itinerantes, Colombia; Musuq Nuna, Bolivia; Centro Cultural Francisco Solano, Argentina; Revista Tabaquería, México; Revista poética "Azahar" de España; Revista Paréntesis, México; Piedra y Nido, Argentina; La Literatura del Arte, Paris, Francia; Revista Relieves, Argentina; Revista Brevilla, Chile; Movimiento Poético Riba –Turia, España; Leamos cuentos y crónicas BLOSSPOT. COM, Argentina; Plumas Hispanoamericanas, Santiago de Chile, Chile; Bajootroscielos, Barcelona, España; El Espectador, Bogotá, Colombia; Revista Km0, Argentina; Alpiedelapalabra, Argentina; Bloghemia, Argentina; Nube Cónica, Chile.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

miércoles, 2 de diciembre de 2020

No, El libro no va a morir, ni las bibliotecas se extinguirán - Washington Daniel Gorosito Pérez

librería de Buenos Aires 

 

(México, D.F.) Washington Daniel Gorosito Pérez

 En Fahrenheit 451, la novela de Ray Bradbury, una dictadura mundial, necia, como cualquier otra dictadura, ordena que se quemen todos los libros del planeta. A partir de la supuesta comprobación de que los libros hacen infelices a los hombres, ejércitos de bomberos incendiarios recorren las bibliotecas, saquean las cosas en donde encuentran libros y prenden fuego a todos los volúmenes hasta que no quede uno solo.

Sin embargo, los resistentes, un grupo de heroicos lectores, se encargaran de memorizar lo destruido. Un hombre será La Ilíada, una mujer se convertirá en La Divina Comedia, otros se aprenderán al pie de la letra El Quijote, Robinson Crusoe o las tragedias de Shakespeare.

Por fin, su terquedad indómita salvará lo mejor que ha creado la especie humana: el libro, y contribuirá a la caída de los tiranos, porque los pueblos que conservan la memoria nunca pierden la libertad para siempre.

 Ni parábola, ni ficción. No para una humanidad que ha soportado, a través de los siglos, la extirpación de idolatrías, el saqueo de bibliotecas, la censura, la quema de libros o el lamentable argumento, repetido con disimulo, de que ciertos libros pueden ser muy peligrosos para la salud espiritual del pueblo.

 El argumento de Ray Bradbury no es nada original, repetición de una historia verdadera, vivida en América. El caso del Popol Vuh, donde la barbarie de los conquistadores, los condujo a destruir, hasta en su última copia o vestigio, el libro sagrado de los maya-quichés, y sin embargo, un sacerdote de esta cultura, memorizó la obra de sus antepasados y utilizó el idioma y la escritura de los españoles para convertirla en eterna.

A menudo mis alumnos universitarios me pregunto si creo que el libro está destinado a desaparecer. Mi respuesta es no, a pesar del libro electrónico. Ellos argumentan que la magia de las comunicaciones electrónicas, ha tornado casi innecesario al papel escrito.

La modernidad, aseguran convertirá a la humanidad en ágrafa y sin bibliotecas. Cuando me lo dice, recuerdo en silencio que también se había asegurado aquello ante el auge de la televisión, y que lo mismo había pasado con el cine y con la radio.

Toda vez que las comunicaciones audiovisuales, el internet y multimedia, han decretado, varias veces y con la misma mala suerte, la muerte del libro, que se resiste a morir, equivocaron su hipótesis. . Si vamos más atrás, la imprenta de Gütemberg también fue considerada, en su tiempo, como la sepulturera del libro en la que creencia de que suprimiría a los calígrafos, o sea a los escritores.

 Y por fin, al aparecer la gramática de Lebrija, muchos autores se revelaron contra ella aduciendo que los espacios entre palabra y palabra, al igual que los puntos y las comas, restaría autenticidad al texto y lo liquidarían. Hasta entonces, recordemos que cada autor leía su obra con sus propias pausas, e incluso con una entonación particular.

 No, el libro no va a morir ni las bibliotecas se extinguirán.  Es más: además de no morir, el libro puede salvarnos de la muerte. Pensemos en el Pueblo del Libro: los judíos. Veámoslo caminar cuarenta años a través del desierto y miles por en medio de sus verdugos. Las cuadrillas del faraón, la lanza del babilonio, el hacha de los romanos, la crueldad europea en la Edad Media y la locura homicida de Hitler han caído sobre ellos de manera incesante, pero nadie ha logrado detener a un pueblo que se siente obligado a ser eterno mientras camina fascinado detrás de aquellos que llevan el Libro.

En el principio era el Verbo, proclama el evangelio de Juan. “Y el verbo era la Luz Verdadera que alumbra a todo hombre que viene a este mundo”. Y este texto tiene muchas lecturas, tantas como el tiempo que le quede a nuestra especie, porque el Verbo es el Hijo, pero también es la palabra. Esa palabra que construye los libros y que el hombre seguirá escribiendo y leyendo a pesar de los agoreros de su desaparición, para ser más libre y más humano.

 Y cuando llegue el momento de partir de este mundo, rumbo al Paraíso, me identifico con los que decía el extraordinario escritor argentino y universal Jorge Luis Borges: 

                 “Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca”.

(c) Washington Daniel Gorosito Pérez

México, D.F.

Washington Daniel Gorosito Pérez es un escritor y periodista de origen uruguayo radicado en México 


                                          

 

                                               

 

                                              

 

domingo, 11 de octubre de 2020

Nobel de Literatura 2020 a Louise Glück quien pide otro poema por Washington Daniel Gorosito Pérez

 

El iris salvaje - libro de Louise Glück

 (México, D.F.) Washington Daniel Gorosito Pérez

Louise Glück, fue galardonada por la Academia Sueca con el Premio Nobel de Literatura 2020: “Por su inconfundible voz poética, que, con una belleza austera, convierte en universal la existencia individual”.

Esta estadounidense (neoyorquina) de 77 años se convirtió en la decimosexta mujer en recibir el galardón desde 1901 año en que se inició la  premiación. Su vocación la declaró en el 2012 a una entrevista: “Siempre supe que quería escribir”; para Glück la escritura es “una venganza contra las circunstancias”.

En su obra dialoga permanentemente con los mitos de la antigüedad clásica y con la tradición literaria occidental, con lo anterior Glück convierte el yo lírico en una especia de ficción y le brinda cierta universalidad a su experiencia íntima.

La poetisa al recibir la llamada de Adam Smith de la Organización del Premio Nobel de Literatura para comunicarle que se le había otorgado el galardón, dijo: “Lo primero que pensé es que me voy a quedar sin amigos, porque todos mis amigos son escritores”. “No sé lo que significa esto. Sé que es un gran honor”. Posteriormente, no quiso dar entrevistas, se dijo sorprendida: “Soy una poeta lírica estadounidense blanca. Y pensé, bien, tal vez en un siglo diferente, pero no ahora”.

Para Anders Olson, titular del Comité del Premio Nobel: “Louise Glück no sólo está comprometida con los errores y las condiciones cambiantes de la vida, sino que también es una poetisa del cambio radical y el renacimiento, donde el salto hacia adelante se hace desde un profundo sentido de pérdida”.

Su inspiración ha estado marcada por su vida familiar la estrecha relación con sus padres y hermanos, su infancia,  la naturaleza y la muerte. Ante la experiencia del envejecimiento y la evidencia de la muerte, ha dicho:

“Creo que las personas de mi edad tienen tanto miedo del tema que suelen llevar incorporado en cada pequeño gesto todas sus propias nociones sobre el horror de la mortalidad. Pero yo entiendo el paso del tiempo como una especie de estado de dicha extraña, como la liberación ante el abandono de cierto tipo de expectativas”.

Glück que es profesora en la Universidad de Yale en el Departamento de Literatura, es considerada una mujer tímida, al ser premiada en el 2003 como poeta del año con el “US Poet Laurate”, declaró al Boston Globe en esa ocasión: “No le encuentro atractivo a la vida pública. No creo ser el tipo de persona a la que la gente considere”.

Descubrió la poesía, en especial con William Blake, TS Eliot y WB Yeats, que dejarán posteriormente huella en su obra. “Sentí que ellos no eran solo mis maestros, sino las personas con las que podría hablar”, escribió. “Mis primeros escritos fueron un intento de comunicarme con ellos”.

En su ensayo Proofs and Theories (Pruebas y Teorías), Glück reflexionará sobre el género poético. “Los poemas no perduran como objetos, sino como presencias. Cuando lees algo que merece recordarse, liberas una voz humana: devuelves al mundo un espíritu compañero. Yo leo poemas para escuchar esa voz. Escribo para aquellos a quienes he escuchado”.

Glück que es considerada una de las poetas con mayor destaque en la literatura estadounidense actual inició con Firstbon en 1968 y cuenta con una docena de libros de poesía y dos de ensayos. En una ocasión dijo: “La experiencia fundamental del escritor es la impotencia”.

El venezolano Adalber Salas, uno de sus traductores al español dijo: “Tiene una insólita capacidad para hacer que los hechos minúsculos de vidas plurales, anónimos, adquieran una proporción cósmica”.

De su poemario Meadowlands, publicado en 1996, en el que a través de un recuento de La Odisea, la poetisa explora el amor a través de la vida y el deterioro de un matrimonio, comparto el siguiente poema traducido por Berta García Faet:

 

EL DESEO

¿Te acuerdas cuando pediste un deseo?

Yo pido muchos deseos.

Cuando te mentí.

Sobre lo de la mariposa. Siempre me pregunté.

Que pediste.

¿Qué crees que pedí yo?

No sé. Que volvería,

que al final de alguna manera estaríamos juntos

pedí lo que siempre pido.

Pedí otro poema.

 

El hecho que una poetisa sea galardonada con el Nobel de Literatura, el premio más importante del mundo es maravilloso. 

Máxime si tenemos en cuenta que es el género literario más “ninguneado” por editores y la mercadotecnia literaria. Lo fascinante es que se dé este momento de recogimiento y reflexión mundial que nos tocó vivir.

Hace unos meses escribí un artículo que titulé: “Poesía, antídoto eficaz contra el confinamiento”. Creo que el Comité Nobel al otorgarle este muy merecido premio a la estadounidense Louise Glück, nos quiere comunicar que ante la crisis que vive hoy la humanidad, más que nunca es necesario retomar la poesía.


(c) Washington Daniel Gorosito Pérez
México, D.F.

Washington Daniel Gorosito Pérez es un escritor y periodista de origen uruguayo radicado en México 

miércoles, 2 de septiembre de 2020

Friedrich Hölderlin: "El poeta loco de la torre" - Washington Daniel Gorosito Pérez


 

(México, D.F) Washington Daniel Gorosito Pérez

La pandemia del COVID- 19, no le permitió a Alemania, la tierra natal  del poeta lírico Johann Christian Friedrich Hölderlin, celebrar los 250 años de su nacimiento , el 20 de marzo de 1770 en Lauffen am Neckar. Sin lugar a dudas nos encontramos ante una de las principales figuras del Romanticismo alemán.

Hölderlin, el poeta loco que vivió aislado por 36 años en una torre; lo que no fue para nada un  impedimento para que su obra se esparciera por Alemania y el mundo. Su infancia estuvo marcada por la muerte de su papá y posteriormente la de su padrastro. En sus años adolescentes estudió Teología y mantuvo contacto con dos extraordinarios filósofos que marcarán su futuro: Hegel y Schelling.

Lo anterior lo llevará a inclinarse por los estudios filosóficos, temáticas que se verán presentes posteriormente en su obra lírica, al igual que específicamente la filosofía y literatura griega en la totalidad de sus escritos. A partir de la filosofía griega concibe la teoría de la Armonía en unidad con la Naturaleza que plasma en su obra denominada: La muerte de Empédocles, el gran filósofo griego presocrático.

Su familia deseaba que tomara el camino religioso, sin embargo escogió estudiar Humanidades. Cuando se mudó a la ciudad de Jena en el estado de Turingia, urbe que en el 1800 junto a la de Weimar del mismo estado se convertirá en el centro cultural de Alemania, se vinculó a grupos de filósofos y escritores ,como Johann Wolfgang von Goethe;  el filósofo Johann Gottlieb Fichte y el poeta y dramaturgo Johann Christoph Friedrich Schiller,  quien junto a Goethe serán considerados los dramaturgos más importantes de Alemania.

Schiller, lo motivó y publicó partes de su libro “Hiperión o el eremita en Grecia”. Lentamente se comienzan a dar a conocer los primeros brotes del Romanticismo, buscando ocupar el lugar del Clasicismo que imperaba en el mundo cultural europeo. Hölderlin en su poema “Visión”, nos muestra tintes del nacimiento romántico que exaltaba la Naturaleza en armonía con el hombre y valoraba el paisaje regional:

“Oscura, cerrada parece a menudo la interioridad del mundo.

Sin esperanza, lleno de dudas, el sentido de los hombres.

Más el esplendor de la naturaleza alegra sus días.

Y lejana yace la oscura pregunta de la duda”.

El Romanticismo opone el concepto del sentimiento y lo irracional. El saber ya no se funda solamente en la razón sino también en el sentimiento, en lo inconsciente y oculto, y en el amor como gran fuerza  movilizadora.

El poeta irá padeciendo problemas mentales. Entra a trabajar a la casa del banquero Godard y se enamora de la esposa de éste; Susette, quien se hará presente siendo la inspiradora de sus “Poemas a Diotima”. Un amor imposible pero correspondido que lo lleva a culminar de escribir Hiperión o el eremita en Grecia; iniciará “La muerte de Empédocles”, una obra de teatro, tragedia, escrita en verso y con forma monologal; escribirá tres versiones sucesivas y distintas de la obra que quedó inacabada.

En ella están presentes sus mejores poemas líricos con dedicatoria a su amante:

“¡Nuestro cielo durará!

Antes ya de verse, nuestras almas,

Ligadas por sus insondables honduras,

se habían reconocido”.

Al fallecer su amor el 22 de junio de 1803, sus problemas mentales aumentan y su amigo el diplomático Isaak von Sinclair  lo interna en 1806 en una clínica psiquiátrica. Pasaron meses y estuvo en varias clínicas hasta que será declarado enfermo incurable. El ebanista Ernest Zimmer quien era su admirador y un estusiasta lector de Hiperión, lo lleva a su casa y lo ubica en una torre cuya construcción data del siglo XIII, la que fuera restaurada y poseía una hermosa vista al río Neckar.

Allí sería visitado por amigos, pese a estar recluido. Será prolífica su escritura utilizando el seudónimo Scardanelli. El poeta decía que era su alter ego, que le permitía hablar solo y contemplar la naturaleza a la que dedicaba poemas ensoñados en su desvarío. Sus escritos influirán en las letras europeas, básicamente en la estética romántica, con el tiempo su nombre crecerá de una manera impresionante. 

La poesía fue el ser de Hölderlin y recorrió ese, su sendero que lo llevaría a un mundo superior, tratando de encontrar quizás, el sentido de la vida como nos lo presenta, “el poeta loco de la torre” en “vida más elevada”:

“Puede así el hombre conocer entonces el sentido de la vida.

Nombrar su meta lo más alto, lo más elevado.

Saber que uno es el sentido de la humanidad y de la vida.

Considerar que el más alto sentido es la más noble vida”.

 (c) Washington Daniel Gorosito Pérez

México, D.F.


Washington Daniel Gorosito Pérez es un escritor y periodista de origen uruguayo radicado en México 

martes, 1 de septiembre de 2020

Bebí con el ángel - Antonio Costa Gómez





(Salamanca)

       En la Biblia  los ángeles se pasean por la tierra, significan el ahondamiento de la vida, cuando revela su lado secreto.  Tobías se encuentra con un ángel, los ángeles se aparecen a Jacob. A veces conversan sin revelar su identidad, igual que los dioses en la antigua Grecia. Pero se nota algo raro en ellos, el aire se enrarece a su alrededor.

      Raúl Núñez escribió  en Buenos Aires  “Poemas de los ángeles náufragos” :“ Y todos los objetos/  que se exhiben en las vidrieras/ huyen / y bailan en el aire./ Y no hay ningún milagro/ y Juan el náufrago/ es crucificado/ sobre las rosas blancas.

       Alberti en Cádiz pensaba en ángeles de desolación, ángeles mohosos, ángeles mudos, ángeles tontos, ángeles falsos, ángeles del misterio, ángeles de arena, ángeles de los malos minutos, ángeles feos, ángeles muertos : “Buscad, buscadlos:/ en el insomnio de las cañerías olvidadas,/ en los cauces interrumpidos por el silencio de las basuras”.

     Rilke  pensó en el castillo de Duino, en un abismo sobre el Adriático, en  los ángeles terribles cuyo contacto nos rompería:” ¿Quién si yo gritara me oiría desde los coros de los ángeles?/  Y aún si de repente algún ángel me apretara contra su corazón me suprimiría/ su existencia más fuerte”. Los ángeles nos traen el espacio abierto del universo, nos interiorizan el universo. Nos hacen callar y dejar de soltar gilipolleces. 

       Verlaine en París o Bruselas dice que Rimbaud era un ángel o un demonio. Verlaine estaba acojonado porque Rimbaud le hacía superar todas las categorías habituales. Lo llenaba de visiones y lo llevaba a cielos e infiernos.  Rimbaud es el prototipo del ángel-demonio al que no comprendemos que desembarca como una visión para nosotros. 

      Silvia Plath en Londres quería sentir la energía de Ariel en su cocina: “Negras y dulces bocanadas de sangre,/ sombras, / algo distinto/ me transporta por los aires”.  Tal vez Ted Hughes estaba demasiado ocupado en sí mismo y no habló con los ángeles de Silvia.

      Janet Frame  en Ibiza quería que un ángel se sentara en su mesa, Blas de Otero en Bilbao decía que somos ángeles con alas de cadenas, Jalil Gibran habla de ángeles de alas rotas.

    Me gusta  el mito cristiano del ángel de la guarda. Sobre todo si no se entiende como alguien que nos vigila y nos ordena, sino como alguien que nos inspira, que está en nuestro silencio, que espera en lo más callado de nosotros. Que se toma un coñac con nosotros si hace falta.  Recurrimos a él cuando necesitamos meditar a solas, eliminar el ruido, el ángel por definición es el que no hace ruido. Pensaba en él el pueblo lucense de mi infancia, en el acantilado de San Andrés de Teixido donde va de muerto el que no fue de vivo.

     ¿Qué podemos decirle al ángel mientras tomamos coñac con él en el bar? Es mejor dejar que  él nos hable, ya hablamos todos los días demasiado. Tal vez lo hace en sueños, en nuestros momentos más privilegiados.  Un momento trascendente es cuando uno se encuentra con su ángel en cualquier parte y vacía la mirada.  Él nos hablará sin contemplaciones,  dirá nuestras verdades porque no está sujeto a nada. Nos echará el aliento del coñac en la cara y nos dirá ¿pero eres gilipollas o qué, es que no quieres enterarte?

     Vendrá a liberarnos y a liberar nuestro lenguaje. Y nos dará intrepidez y fuerza para expresarnos.  Romperá los diques de nuestras palabras, hará que se llenen de visiones. Nos llenará de nuevo la copa de coñac.

       Por eso se dice “ha pasado un ángel” cuando nos callamos un momento. Pero es que callamos tan poco. Estamos tan aplastados por las palabras. Cállate de una vez, coño, y escucha, nos dice el ángel. Así le dijo el ángel a Jacob. Pero Jacob peleó y quiso que el ángel no se fuera sin decirle su nombre.  Eso sí que es intrepidez.

       Los ángeles se van de la religión y se quedan en la poesía. La religión es fascinante cuando se convierte en literatura. Que se lo digan a Faulkner en el Sur de Estados Unidos, a Juan Benet en Aragón.  Y los ángeles aún fascinan. Solo hay que remozarlos, quitarles su cursilería, su reblandecimiento por el uso.  Los ángeles de los poetas tienen mucha más fuerzas que los ángeles de los clérigos. Los de los clérigos son grises e insípidos, los de los poetas todavía pueden excitar a cualquiera.

       Serafitus se apareció a Balzac en Noruega y por las noches se convertía en Serafita. Seducía a los hombres y a las mujeres. Eliade dijo en Rumanía  que ese ser superaba todas las contradicciones, era el Andrógino Primordial que ya se anunciaba en la Cábala. Balzac era un visionario y sabía mucho de ángeles. Albert Beguin en París en  “El alma romántica y el sueño” nos lo contó muy bien. 

      Swedemborg en Estocolmo hablaba con compañías de ángeles.  William Blake en las afueras de Londres  los invitaba a cenar cada noche, le traían visiones del infierno. Solo gracias a ellos pudo transmitir sus concepciones impetuosas, el infierno como energía, la poesía como arrebato. 

      Milton ciego en una aldea en las afueras de Londres mientras huía de la peste conocía al ángel de los ángeles, estaba de parte del demonio sin saberlo. Eso es lo que escribió Blake y después celebró Sábato. Para Sábato el Ángel Exterminador nos iba a recordar de una vez todas las cosas. Tal como lo esculpió Llimona en el cementerio de Comillas.   E incluso Sócrates en Atenas  cuando se ponía serio decía que le hablaba su daimón.


(c) Antonio Costa Gómez

Salamanca

España


 

Antonio Costa Gómez nació en Barcelona pero creció en Lugo. Es licenciado en Filología Hispánica y en Historia del Arte. Se dedicó a la enseñanza y a otras cosas pero su vocación más profunda siempre fue la de escritor. Publicó novelas como “La calma apasionada” o “Mateo, el maestro de Compostela”, libros de poesía como “Revelación” (con prólogo de Ernesto Sábato),  ensayos como “Las fuentes del delirio” o “El fuego y el sueño”.  El año pasado apareció “El huevo”, novela simbólica y existencial.  Llegó a las votaciones finales del Nadal, del Planeta, del Azorín. Apareció en la antología “Poesía española última” de Selecciones Austral y en “Elogio de la diferencia” de Caja Sur. Actualmente colabora en “El Progreso” de Lugo, “Salamanca al día” y otras publicaciones.