viernes, 30 de septiembre de 2016

Premio Academia al escritor Reinaldo Edmundo Marchant

Reinaldo Edmundo Marchant al recibir el Premio Academia 
Reinaldo Edmundo Marchant con escritores 
Reinaldo Edmundo Marchant 


(Buenos Aires)

El escritor chileno Reinaldo Edmundo Marchant recibió el premio Academia por su novela Un río bajo mi piel.
A continuación se publica el discurso de Juan Antonio Massone,  Miembro de Número de la Academia Chilena de la Lengua, escritor y profesor universitario, en la ceremonia de entrega del Premio (Instituto de Chile, 26 de septiembre, 2016).

                                 
              Las variedades del mundo necesitan ser narradas. Pareciera que esperan de complementación para adquirir su más convincente prestancia. Deseamos leerlas o escucharlas, pues de ambos modos se nos confirma el asombro y la curiosidad, lo mismo la empatía o la repulsa ante el enorme caudal de sorpresas que representa el acaecer humano.
              Antes de alcanzar la palabra expansiva, que es toda narración, se necesita concebir un posible suceder en alguien. El novelista—en este caso—echa mano de aquello que, poco a poco, tiene la fisonomía de un proyecto, con ansia de ser desarrollado, porque su afán es alcanzar la más ceñida forma con tal de que revele la prestancia y envergadura de una nueva presencia: la del personaje en un ambiente y en un tiempo.
               Reinaldo Edmundo Marchant es un contador del mejor linaje. Al par de escribir historias atractivas, éstas acaban por ser interesantes. Revelan el ser de alguien, como lo es Lauro, en El río bajo mi piel. Y sí, un río que significa estar despierto con vivacidad y espíritu contemplativo, de una vez. Porque río de aguas subterráneas, torrente bajo la piel, es esta historia familiar vivida y contada desde la inesperada madurez de un niño enfermo, quien luego de referir cada uno de los episodios y consideraciones que le brotan de esas experiencias cabales que le deparan la contemplación y el soliloquio, sus intervenciones las refrenda con naturalidad segura de cierto desplante regio: “Yo, Lauro”.
               Como el genuino novelista que es, Marchant une dos zonas que pudiéramos decir complementarias: la anécdota evidente de los hechos, con sus  datas precisas, y la transformación dinámica de la consciencia protagónica donde el mundo queda alojado, dando señales de comprender y de significar los pasos, el paisaje, la cotidianidad, el ritual del habla íntima.
                 Nos encontramos con un niño en posesión de brújula interna. Limitado en algunas de sus facultades, dispone de un espíritu grande. Aprehende la riqueza del mundo cercano; se interesa en la suerte que corre lo vivo; mantiene despierta el alma, porque lo existente se le revela, en sus observaciones, en calidad de presente latido y de mensaje por descifrar. Cierto, podríamos descreer de la capacidad de Lauro, diciéndonos que en un pequeño no calza tanta sabiduría. Erraríamos sin más. Nunca es desdeñable la importancia de los arquetipos en la forja de la edad temprana, ni menos el inesperado amanecer de sus percataciones.
                  Lauro vive en estado de gracia, capaz de establecer relaciones donde en otros hay vacío; es más sensible a las creaturas y a la ignorada historia que puede caber en un macetero. En su clave personal, todo palpita, se mueve, tiene una razón de existir. Lejos del absurdo y del artificio empobrecedor, los enlaces introspectivos, la vecindad, las calles aledañas, el río ensombrecido, algunas casas vecinas y cada uno de los familiares, tejen un mundo, no exento de peligros ni de penas, como tampoco de ese gusto de lo que se vive, porque acaso en los sucesivos pormenores, se anuncie otra vez la buena nueva de la vida en el soliloquio de la memoria asombrada.              
                 Como quien emprendiera un viaje interno, en un tiempo con su propio patio y balcón, nos atrae el doble suceder de esta novela: los episodios y las correspondencias anímicas, afectivas y espirituales de los personajes, en una familia, en un barrio, en un rincón de Santiago.
                    “Yo, Lauro, soy de tocar los sueños. Los palpo. Acaricio. Tienen forma elástica los sueños. Se desparraman en mentes movedizas. Parecen aureolas. Niños dichosos. Lugares a pleno sol. Esperanza verdadera son los sueños. Tienen corazón y energía. Se divierten en los ojos chispeantes. Otorgan vida a la quietud. Son lo contrario de la muerte. Un sueño me dice que el simple caminar torcido de un anciano demuestra que la vida es maravillosa en su humildad. Por eso soy de tocar los sueños. De besarlos: ¡Sólo cuando sueño me considero un ser normal!”.
               La trayectoria literaria de Reinaldo Edmundo Marchant cuenta con una abundante bibliografía de creación. Escojo algunos títulos de sus libros: En el bosque un ángel y demonio; El hombre de la mano seca; Las vírgenes no llegarán al paraíso; La loica y otros cuentos; Me gusta más cuando la sueño.
                 El río bajo mi piel no es obra de tesis, sino de experiencia, de albor, de sombra iluminada.  Otro código. Distinto y lejano de los círculos confinados bajo enrarecidas atmósferas y realidades degradadas; la narración avanza, despliega observaciones, estímulos, curiosos modos de identidad: el gordo que se rasca los sobacos; la madre entusiasta e irreductible en su fervor ritual; la siempre interesante vida dicha, una vez y otra, desde la conciencia de una soledad comunicativa. Novela la de Marchant, porque es historia nueva de lo siempre antiguo. Feliz creación de aquello humano que atrae en sus peripecias, en las reacciones, en los desafíos a que es sometido el a pesar de todo que se llama esperanza.
                   Aunque lo dicho, en esta oportunidad, no agota las posibilidades de abordar su novela, estamos convencidos de que las cualidades de Un río bajo mi piel se avienen con la índole del premio “Academia”, galardón que reconoce en una obra literaria la realización feliz de sus méritos creativos en nuestra lengua.
                                    Juan Antonio Massone

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