viernes, 20 de junio de 2014

Una traviesa prótesis mamaria por Belén Santaella



(Caracas) Belén Santaella 

 Antes de entrar en materia debo confesar que soy algo despistada o “muy despistada”, como dicen mis hijos, y no vayan a creer que es por aquello de mis sesenta y siete años y tres cuartos, lo he sido desde pequeña. Hago esta aclaratoria porque ese despiste es la causa de las travesuras de mi prótesis externa mamaria, lo cual hace sufrir muchísimo a Belén Elena, mi hija menor.  
Para los que ignoran lo que es una prótesis externa mamaria, les diré que es como una bolsita que puede ser sintética, rellena de alpiste o de cualquier otra cosa que adopte con facilidad la forma requerida. Claro que también está la posibilidad de hacerse una reconstrucción de la mama con un cirujano plástico, pero yo decidí hace dieciocho años que me quedaría con una mama y un espacio vacío. Por lo tanto  uso un sostén especial donde coloco la prótesis, que a veces es de alpiste y otras, sintética. En algunas ocasiones he utilizado medias de seda. Nadie debería darse cuenta de que me falta un seno, pero según mi hija, no logro mi objetivo.  
No sé si es un defecto o una virtud, pero pocas veces me miro en el espejo, solo lo hago cuando me voy a maquillar para una reunión y necesito que me vean formal y elegante, o si me acicalo para una fiesta, ocasión en la que me maquilla mi hija. Como no estoy muy pendiente de observar mi cara en el espejo, es lógico que tampoco vea mi cuerpo y, por ende, tampoco mis senos, así que no sé si la prótesis está donde le corresponde estar.  
A veces, cuando estamos en alguna reunión, se me acerca Belén Elena y me hace señas misteriosas para darme a entender que algo anda mal entre mi cintura y mi cuello; inmediatamente meto la mano dentro de mi sostén y con disimulo trato de que los dos senos se vean iguales. Mi hija, al ver que el resultado obtenido empeora la situación, me vuelve a hacer otra seña, pero esta vez  para que la acompañe al baño. Allí, con algo de impotencia me la arregla muy bien y me dice: “Mami, tienes que estar pendiente de la prótesis, cuando no está a la derecha, está a la izquierda. Eso se ve horrible, ¿es que acaso no te importa?”.  La miro fijamente y le contesto: “No, porque como yo no me la veo, no sé por dónde anda. Entonces, ¿para qué me voy a preocupar?”.  Pero esto no satisface mi hija.  
Debo decir que entre mi prótesis y yo existe una conexión de picardía y complicidad, no exenta de cierto pudor. Ella y yo sabemos que estamos destinadas a caminar juntas, ya que no me gusta andar por el mundo exhibiendo el espacio vacío que dejó la operación. La necesito y no me queda más remedio que andar siempre con ella. Por eso decidimos, la prótesis y yo, llevar esa relación sin peleas, más bien con cordialidad.  
Hace poco, en París, me reuní con Gladys Arnaud, una amiga de teatro, y hablamos sobre el tema del espacio vacío, que ese era el nombre que originalmente llevaba el monólogo que escribí, y que luego bauticé como Pechos de seda. Salió a relucir el tema de la importancia o no, de la falta de una mama en las relaciones sexuales, el argumento central de la obra de teatro, el cual trato con cierta jocosidad. Mi amiga, después de una larga conversación, dijo algo que me impactó: “Belén, tú tienes que vivir con ese seno que ya no está. Estarán juntos toda la vida, no tienes otra opción”. Esa noche, recordando sus palabras, entré al baño, me quité la blusa y el sostén frente al espejo, y mirando la herida que dejó la operación dije: “Gladys tiene razón, debo vivir contigo que ya no estás”. Respiré hondo. Qué sabias palabras las de mi amiga. 
Y esa noche vino a mi memoria la prótesis, la que sí está, la que es parte de mi cotidianidad, la que se muda de sitio como una niña traviesa tratando de engañar a los demás; creyendo ingenuamente que no se darán cuenta de su existencia. Es un teatro el que hace mi prótesis. Y agradezco cuando mi hija menor se enoja por sus travesuras y olvida, gracias a Dios, que yo uso la prótesis para que no se enteren de que alguna vez un oncólogo me dijo que la biopsia había salido positiva, que me practicarían una mastectomía radical del seno izquierdo y que tendría que conocer los efectos de la quimioterapia; que fueron momentos muy duros, que decidí luchar por ella, que aún era una niña, por sus dos hermanos, para que ninguno de los tres se enterara de mi miedo, de mi terror, de mi confusión. Tengo que vivir contigo que ya no estás... 
Ellos necesitaban que yo no me atemorizara porque era su roca, por eso me levanté, escondí muy profundo mi miedo y lo cambié por una sonrisa. El teatro se hizo dueño de nuestra casa, y la risa salió fácil. Lo que pudo ser una tragedia lo convertimos en comedia. 
Esto lo entendemos muy bien la prótesis y yo. Por eso ella hace travesuras, porque también entendió, como yo, que pintar sonrisas en las caras de las personas que nos rodean no es tan difícil, que lo cotidiano continúa; que si usamos bien nuestras palabras, podremos cambiar tristezas por esperanzas. 
Que me falta un seno, es verdad; que la traviesa prótesis cambia a cada rato de lugar, no lo puedo negar; pero tengo hijos y nietos, gente que me quiere, que me necesita, y también muchos planes. Entonces, no entiendo por qué debo preocuparme tanto por lo estético si es más reconfortante vivir con alegría a pesar de los problemas que podamos enfrentar. Tengo que decirle todo esto a mi hija para que no se enoje tanto con mi prótesis. 

(c) Belén Santaella

Caracas

Belén Santaella es una escritora y dramaturga venezolana. Fue operada de un cáncer de mama en 1995, a partir de ese hecho empezó a escribir. 

 OBRAS DE TEATRO: PECHOS DE SEDA, Mis piernas son de Nené, La culpa no es de la secretaria y ¿dónde está Homero? 

 LIBROS: El seno luminoso,  Mi peluca se llama Dolly, El amor es la clave  y Sara la deshonesta. 

 Participó en la Feria internacional del libro de Miami (2000) 

 Invitada por Alfaomega editores para presentar el Libro El seno luminoso. Dictó una conferencia en la universidad de Puebla. (2001)

 Colección de Cuentos personalizados para niños. 

 Conferencista



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