miércoles, 4 de junio de 2014

Un día perfecto* por Reinaldo Edmundo Marchant




(Santiago de Chile) Reinaldo Edmundo Marchant

Mi trabajo es un oficio olvidado.  Cualquiera no lo hace. Para realizarlo hay que estar loco de amor. Es de un trajín incansable. En esta labor uno es aprendiz y no se renuncia jamás. Tampoco se jubila. Se es un simple practicante hasta el fin de los tiempos.
Me levanto muy alba. Antes de la siete de la mañana. En todas las estaciones del año. De lunes a domingo (así de trabajólico soy). No descanso ni siquiera en las festividades de Celebración de la Patria. Apenas se pone el sol en lo alto, engullo un desayuno frugal, tostadas con leche, por ejemplo, tomo mi bolso, apresuro el paso al Metro, hago fuerzas para entrar y quedar como sardina, con cien narices y olfatos en mi boca, mirando con ojos de par en par esas caras tristes, somnolientas, que se desplazan a tareas digamos más convencionales.
Exactamente recorro veinte estaciones.
Es preciso decir que uno viaja en un minúsculo espacio y, al descender, se halla en otro lugar, asunto nada recomendable porque, en mi caso, por la especificidad de mi cargo, en las manos cargo libros, cuadernos y un pesado bolso lleno de excentricidades, que no viene al caso describir.
Ejecuto con precisión la combinación en Santa Ana. Esa es la Línea 5. Ahí toca dar otra batalla, en ocasiones más ardua, para ingresar a empellones al vagón. Los manoseos  de mujeres y hombres es un asunto establecido que nadie reclama. Ante semejante adversidad, no dejo de sonreír.
Permítanme contar que, tiempo atrás, quedamos casi abrazados con una muchacha, nuestras caras se raspaban, yo miraba sus ojos grandes y seguramente ella veía los míos; viajamos el largo trayecto en esa postura claramente ridícula, hasta que soltamos una risotada ante la absurda situación en que, ni ella ni yo, podía mover una extremidad;  finalmente, en la estación Los Héroes, se dejó llevar por la aglomeración, que la sacó en andas y desapareció Dios sabe dónde. Ni siquiera conocí su nombre.
Luego de superar todos esos rigores cotidianos,  vadeando la Plaza Italia, llego finalmente a la estación Manuel Montt. Ahí se encuentra mi exclusiva oficina, ubicada en el corazón más silente del Parque Forestal. Apresuro para "marcar tarjeta laboral" (¡antaño firmaba un libro imaginario de más de cien páginas y dejé de hacerlo en aras de la modernidad!), antes de las ocho de la mañana. Este trámite lo cumplo cabalmente golpeando la corteza de un macizo árbol. Las aves, con ojos de patrones, son testigos del cumplimiento cabal de esta obligación.
Enseguida  recurro a unas piedras aledañas al Río Mapocho.
Permanezco ubicado frente a las aguas  y a la Iglesia Corazón de Jesús. Aquella dependencia, por llamarla de alguna manera, es cómoda y carente de bullicio humano.  Naturalmente, se halla en la intemperie, y se percibe la calidez de una temperatura maravillosa porque no resuenan teléfonos ni vocerío lenguaraz.
Cándidamente escucho la sonora música del caudal y al maravilloso sonido de los paisajes. Recorro la imponente cordillera de Los Andes – no se piense que es una labor simple, de flojos, ¡en absoluto! -. En un dos por tres aterrizan tórtolas, mirlos, tordos, palomas y zorzales.
Siempre llegan en ese orden. (Tengo un Compañero Fraterno que es muy travieso: se me hace que Él los manda en ese orden).
   -Buen día - dicen.
   -Buen día -respondo.
   -¿Pasó buena noche?
   -Yo sí. ¿Y ustedes?
   -¡No tenemos queja que denunciar!

¡Qué galanes camaradas de trabajo tengo! ¡Hablan con una claridad  que no escucho en los terrícolas! Somos buenos socios: a fin de cuenta trabajamos para un maravilloso Ser que pernocta en el corazón de la perpetua luz.
Tomo de mi bolso varios panes y mucha semilla.
Cuidadosamente las distribuyo en puñados, unos ahí, otros por acá. Lo hago ejemplarmente, aunque sé que no se entenderá esto último. Sí, no es una  faena compleja, esto puedo reconocerlo. Digamos que quien hace el esfuerzo es el espíritu y un desdeñado asunto conocido como sentimientos. ¡De estos estupendos órganos recibo instrucciones  y las aplico incluso en horas extras!

Hay que velar que coman equitativamente cada porción.

No debe quedar con hambre ninguna ave. A los pichones, esos que recién aventuran los vuelos, hay que atender de manera personalizada y en su justa medida. Rodeado de aquello, se debe apretar los dientes de cara a  esa gente que cuchichea: "¡qué manera de perder el tiempo!", "¡debe ser un trastornado, un excéntrico que llama la atención!",  “¡semejante maniático no había visto jamás!”. Ya ven, las críticas son exaltadas. Concluyentes. Intentan hacerme pebre. Yo, como buen sacristán, río para mis adentros. Y los perdono.

Perdonar es el sentimiento más hermoso de la esencia humana.

¡Ignoran la gloria y felicidad que genera este bendito aislamiento!

No pierdo un minuto con esos bobalicones (disculpen la expresión, me afloró de madre). Cualquier tarea, por burda que sea, no denigra. Y yo la ejecuto decididamente en gozo, silbando. Con dedicación. Pongo ese amor que rara vez se entrega a los mismísimos hermanos de la comarca.

Francamente, no podría desempeñarme en otro asunto.  Sé que es triste reconocer aquello: testificar lo contrario es mentir.

Me gusta estar en cinco o seis frentes a la vez (soy un hombre de energía). Contemplando las sombras que se deslizan, aguzando oído al gorjeo que emerge de una acacia, circulando un trecho -sin dejar de atisbar a las comilonas aves-, preocupado  de los vuelos de un pequeño pájaro que se anima por arriba de las barrosas aguas; y, además, repartiendo el pan a un vagabundo  y preguntarse: por qué él no tiene nada si todos somos hijos de alguien...

Esta tarea me abstrae del mundo.

Con semejante tesoro no requiero  joyas ni abundancia económica. Menos importa salir en páginas sociales. Ni concurrir a presentaciones de libros. Dios me libre de participar en “Mesas Redondas” –nunca son redondas las mesas…-, ni dar charlas plomeras con temas: “El postmodernismo de la narrativa femenina, gay, lésbica, intercultural, machista y vanguardista”. ¡A otro ratón con ese queso!

En ese horario nada sé de mí. Estoy demasiado ocupado de que no peleen las aves - a fin de cuentas soy una especie de mucamo de ellas- y, cuando ya han tragado lo suficiente, las espanto al río para que beban agua.

Enseguida regresan. Y vamos prestando nuestro mayor esfuerzo. Corriendo de aquí para allá. Pidiendo al Padre paciencia.  Calma. Ánimo superior. Trato de que ellas perciban un cariño que no está en las ramas. Ni en las casonas de la comuna de Providencia.

Así, casi en un santiamén, la mañana concluye.

El atardecer es otra cosa.

Aquí el afán se tranquiliza. Ellas y ellos se van relajando, echando en el césped a cuenta gota, ronronean, asean el plumaje, se buscan para aparearse, mientras, de cara a mi Gran Jefe, deslizo  algunas palabras en mi cuaderno. Nadie molesta.

Entran en respeto y me dejan en paz. Marchan con demostrativa  gratitud por la geografía de los cielos y la electricidad del aire.

Yo sigo por el parque, ahora solo, analizando nuevas flores, lóbulos en plantas, a imbatibles ejércitos de hormigas, cumpliendo con  las horas de una extensa jornada, pensando en muchas cosas de la vida  (nada hace recapacitar más que un pájaro cerca de nuestras manos).

Indefectiblemente agradezco al Padre por darme excelentes compañeros.

Regresaré a casa con el mismo procedimiento de la mañana, y quizás con otra gente. No importan los tropiezos, esos apretones, el maltrato, el bullicio, los insultos de la gente.

Pasaré por alto a tantos idiotas manipulando celulares.

A exhibicionistas que fingen ser felices.

No prestaré oídos al vocabulario del Siglo XXI: las groserías.

Sólo sé que mi corazón es otro, que en mi bolso ha quedado impregnado el sonido del río, aquel movimiento de las aves y unos colores que divisé en el dilatado éter.

Esa fue mi remuneración por los servicios prestados.

Comúnmente, al abrir la puerta de mi morada, elevo la vista  hasta lo más hondo de lo celeste, digo:


        - ¡Gracias Maestro por el oficio conferido!

(c) Reinaldo Edmundo Marchant
Santiago de Chile

*Un día perfecto fue enviado por Miguel Angel Bravo, de editorial Amanuense para su publicación en la revista Archivos del Sur.
Reinaldo Edmundo Marchant es un escritor chileno. Fue Presidente de la Sociedad de Escritores de Chile, agregado cultural de la Embajada de Chile en Uruguay y en Colombia. Ha publicado numerosos libros y también ha recibido premios por su labor literaria.






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