miércoles, 11 de junio de 2014

*El Mundial, el fútbol y la vida por Reinaldo Edmundo Marchant


 (Santiago de Chile) Reinaldo Edmundo Marchant 

 El fútbol es un sentimiento de la infancia.

 En una cancha, como en la calle, debemos estar despiertos. Siempre, y por siempre ojos y oídos atentos. La mente  tiene que permanecer lúcida, pícaramente atenta. A veces ignorar un detalle es perder la gloria. Hay que recorrer el campo de juego como recorremos las grandes avenidas de la existencia diaria: observando hacia atrás, hacia el presente y el futuro incierto. En la cancha, a ratos levantamos la mano pidiendo el balón que necesitamos para obtener un pequeño triunfo. En la ciudad llena de transeúntes, también a ratos queremos levantar la mano para recibir la necesidad inmediata. Muchas veces echamos a correr gritando un pase de cuarenta metros, y, al igual que en la calle, aquel balón que anhelamos no llega jamás. Entonces debemos regresar en busca de otras oportunidades. El fútbol, como la vida, es un retorno constante hacia la oportunidad perdida.
En la cancha es fatal la detención. La vida es un partido donde debemos estar invitándonos para participar de esa fiesta. Ya lo sabemos: lo que se estanca acaba por  morir  lentamente. Necesariamente se debe estar en permanente movimiento, buscando en espacios reducidos, a ratos oscuros, esa luz que nos  levantará del limbo. El terreno estrecho de una cancha, ahoga, cansa; afuera, en la calle, también se achican los espacios, y el agobio   crece hasta apabullar los sueños.
En medio de un partido, un hombre vestido de negro, que simboliza el duelo, la muerte, es decir todo lo contrario a la alegría, el señor árbitro, acusa con el dedo, amenaza, castiga, es un juez todopoderoso dueño de la felicidad ajena, designado por un extraño decreto de las leyes para sancionar, expulsar y dirigir la fiesta. En la calle, convertido en transeúnte, también existe un juez  que vigila los pasos y espera al acecho en las sombras para cobrar una falta injusta.
Un jugador, como cualquier persona, nunca se halla acompañado cuando enfrenta los grandes desafíos. Está solo, con la adversidad tocando sus piernas o los sentimientos. Cuando la pelota vuela hasta los pies, nadie lo ayudará para bajarla. No estarán las manos de su padre ni de su madre. Deberá intentarlo de cara a la inmensidad, sin otra alternativa que hacerlo con clase. Lo mismo sucede en la tenaz rutina de cada día: al final de la tarde acabamos de comprender que nadie cuidó nuestra espalda mientras buscábamos un pedazo de gloria. 
Todo se traduce a una simple ecuación: después de cada batalla, cuando desciende el telón del espectáculo, o del crepúsculo, el jugador y la persona quedan solos, y los aplausos son un ilegible sonido que se ahoga en el corazón de la multitud.
El oficio de futbolista se parece al de los magos: debe vivir de trucos, de trampas, de engaños repentinos. La vida cotidiana igualmente debe estar poblada de argucias. No hay diferencia alguna: al jugador habilidoso lo detendrán los golpes y al hombre honesto lo engañarán las sombras que giran permanentemente a su alrededor.
Ninguna definición del hombre es más exacta que un balón rodando, escapando o prendido en el aire, que no se sabe exactamente dónde, cuándo y cómo llegará a la sana alegría de los pies, o de los brazos que lo esperan con ojos inciertos.
Para tener cierta gloria en la cancha y en la vida, hay que querer de niño a la de cuero y aquellos horizontes que iluminan la geografía; a la de cuero hay que acariciarla, quererla, saber que tiene emociones, espíritu de ángel. Lo mismo será para un niño de la calle, que si logra conocer y acercar los colores que surcan los vastos cielos, volcará  su alma hacia la libertad y consagrará su imaginación para trasformar la desdicha en una felicidad que se respira en las más idílicas latitudes.
Cuando un futbolista corre por la banda, lo hace en busca del paraíso que anhela, porque la gloria perpetua no existe y la fama es puro cuento. Lo cierto será que no se puede pasar por la vida sin hacer una gambeta  repentina. A su vez, siempre será una tristeza inmensa no haber buscado en la tierra aquel pedazo de cielo que huela a paraíso.
La cancha es semejante al cielo. Es el lugar perfecto para echar a volar libremente, sin reglas ni limites, es donde se puede soñar con los ojos abiertos, y se pueden inventar en milésimas de segundos verdaderos poemas que antes no existían en la tierra.
Por sobre todo la cancha es el paraíso de los niños sin recursos: así como el pintor Van Got precisaba apenas un poco de hollín y cenizas para armar sus oleos, que hoy cuestan millones de dólares, un niño solo precisa un balón para colmar de fantasía los corazones de miles de personas que aplaudirán al prodigio natural, que es quizás el más maravilloso secreto que exista.
La encantamiento del fútbol es uno de los mayores enigmas de la creación humana: nadie puede entender que grandes astros del balompié, analfabetos, tuvieran la extraordinaria inteligencia matemática de poner un pase exacto de 50 metros, como en un lienzo artístico perfecto, y realizarán sucesivas epopeyas y proezas que altos eruditos nunca podrán efectuar. Ver tanta genialidad en los pies de un irreverente muchacho, da motivo para pensar que el talento se cultiva en los laboratorios de las canchas de polvo.
Un hombre que tiene un libro en las manos jamás estará solo, un niño que tiene un balón en sus pies guarda la esperanza de no ser un personaje anónimo que peregrina por el mundo. En la vida, como en el fútbol, una máxima  se hace recomendable:
No abandonar jamás la maravillosa infancia. Lo demás son fintas y gambetas que sobran.

(c) Reinaldo Edmundo Marchant
Santiago de Chile
Reinaldo Edmundo Marchant es un escritor chileno, fue Presidente de la Sociedad de Escritores de Chile, y agregado cultural  en las Embajadas de Chile en Colombia y en  Uruguay.
*Dedicado al escritor Eduardo Galeano, en el marco de un encuentro internacional de Fútbol y Literatura.

2 comentarios:

  1. Gracias , chileno hermano.
    Aún sigo pateando, la pelota de papel de diario y tiras de telas.
    Por suerte , no deja de girar y a veces --juntos--hacemos un GOL.
    Reinaldo Edmundo, te reitero el gracias, por el pase de pelota ,acompañada al pensamiento del vivir.

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  2. agradezco especialmente este envío a mi querida amiga ARACELI OTAMENDI pues admiraba particularmente a HORACIO FERRER

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